domingo, 19 de julio de 2015

EL AMAESTRADOR DE PECES

Las 11:45. Una voz nasal invadió los oídos de Juan, el huérfano, avisándole que todavía faltaba media hora para que los pasajeros embarcasen en el vuelo 2156 con destino a Cuba. Sus ojos se concentraron en las burbujas que provocaba Pepe, su pez de colores, que lo miraba de perfil con el ojo aumentado por efecto de la lupa de la pecera. El pequeño Juan atravesaba la ciudad colándose por los metros con sus interminables piernas. Saltaba con Pepe metido en una bolsa de plástico que previamente llenaba de agua. Y , ya en el aeropuerto, se dirigía a la zona C puerta 38. Destino y procedencia: Cuba. Enfrente del duty-free, donde le aguardaba Margarita, la del moño antiguo, para entregarle la pecera que custodiaba cada día., con la promesa de una chocolatina rellena de fresa. Juan tenía un gran objetivo en la vida: adoptar una madre. Desde muy niño, las cejudas monjas le contaban la misma historia acerca de su procedencia. Su madre ya le había dejado unas señales claras: el color de su piel y una postal de Camagüey. La postal rezaba un deseo maternal: “QUE EL DIOSITO GUARDE Y PROTEJA A MI NIÑO LINDO”. Las palabras brillaban vestidas de un mar azul delimitado por la sonrisa de una playa. Más allá, en un extremo, una barca a medio construir descansaba apoyada sobre la dura almohada de una roca. Un lugar solitario, guardando la presencia de un sueño. Porque Juan quería terminar de construir esa barca, y salir a ese agua sin fin a buscar más peces de colores, y entonces su madre le esperaría en la orilla con un bocadillo de anchoas en aceite fresco, y le saludaría desde lo lejos, y le recibiría con un abrazo de escote generoso, y su beso dejaría un rastro de sal en sus mejillas, y...Camagüey... Las 12:00. Con las piernas de alambre anudadas en el insípido suelo de su rincón y con un pie descalzo, Juan daba pequeños golpecitos en la pecera como si fuese un director de orquesta. Pepe obedecía con un baile al ritmo de la sinfonía de aquellos huesudos dedos. El otro zapato, cuatro tallas más grande, se hallaba un poco más adelante. Las corbatas y tacones suspendían su prisa para admirar el arco iris de la pecera, y dejaban que unas moneditas un poco más contentas cayesen dentro del enorme zapato. Y Juan de vez en cuando echaba un vistazo a la puerta 38. Cada vez que se abría, un aire de coral rozaba su estómago. La puerta le ofrecía un mundo entero, un mar entero, y un cielo entero, todos ellos diferentes. Muy diferentes. Otro oxígeno se filtraba por aquella puerta 38, zona C. Las 12:15. Un sonajero de pulseras nerviosas, frescas camisas de flores, sombreros panamá, invadió la zona. El baile de Pepe se animó al ritmo del allegro indicado por las yemas de los dedos de su amo. Hasta que un maremoto cubierto de neblina paralizó el espectáculo. Detrás de aquella nebulosa emergió un gran puro que sostenía a un cincuentón barrigudo, ufano por la puntería de su escupitajo. -¡Oye, chico! ¡Ya! ¡No sea tan seldo!- le increpó la mulata de labios colorados que iba colgada de su brazo. Ella se agachó y sus uñas largas tocaron la pecera a modo de disculpa dirigiendo su mirada al pequeño Juan. Y de su escote exuberante emergió el mar azul de la postal. Porque su escote olía a orilla, y a bocadillo fresco con aceite, y abrazo generoso, y a beso salado, y a...Camagüey. La estrecha cintura de la mulata se cubrió por unos brazos infinitos que no la querían soltar, y por una cabeza que pedía cobijo en su busto. La palma de la mano acarició tiernamente el pelo ralo de Juan. - Qué lindo tu pesesito- pronunció la mulata mientras el cincuentón tiraba de su brazo con impaciencia.- ¡Ya chico! ¡Ya va! Delicadamente intentó deshacerse de la prisión de cariño provocada por Juan, pero no podía. Ante esta situación tan embarazosa, el barrigudo con flores adoptó su propia medida e intervino con fuerza. Juan voló como un muelle aterrizando en el suelo, al mismo tiempo que la dentadura del cincuentón viajaba hasta el océano de la pecera, sorprendiendo a Pepe con un nuevo maremoto de dientes. Y todo ocurrió rápidamente. El cincuentón, torpemente y sin soltar a su mulata, sumergió sus zarpas en la pecera para pescar su fugitivo puente dental, que al introducirlo en la boca provocó un grito de espanto a la mulata ya que una colita de pez asomaba por entre los molares. Sus largos dedos morenos rescataron a Pepe de la boca del tiburón y pudo depositarlo sano y salvo en su residencia acuática que se había transformado en un pozo fétido que hedía a habano. La voz nasal de los altavoces anunciaba el último aviso de embarque. Y Juan presenció cómo el cincuentón secuestraba su sueño arrastrándolo hacia la puerta 38. Y la puerta se cerró, y Juan, el huérfano, se quedó sentado sobre el suelo insípido del aeropuerto. Sus ojos examinaron a Pepe. Estaba bien. Las 12:35 Unos dedos solitarios tecleaban el cristal de la pecera. Y al unísono unas largas uñas nostálgicas tecleaban la ventanilla del avión. Y al unísono una chocolatina compasiva tecleaba el escaparate del duty-free Un día más... Esther (allá por el año 2000 o así)

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